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Análisis Doom 2016

¿Te comprarías este juego?

Doom (2016) recupera sin rodeos la idea que definió a la saga: acción pura, brutal y sin freno. No intenta marearte con metáforas ni soliloquios; te planta un casco, te arroja una escopeta y te suelta en pasillos rojos y acerados donde la UAC ha abierto, cómo no, la peor de las puertas. Es un regreso que respeta el clasicismo de 1993, pero también lo reinterpreta con un diseño moderno que convierte cada encuentro en una danza de metralla, saltos y decisiones al vuelo. La esencia, ese pulso que te pide avanzar, reventar y no mirar atrás, sigue intacta y poderosa.

Jugabilidad: velocidad, control absoluto y combate de arena

La experiencia central de Doom (2016) es un combate de ritmo vertiginoso que te obliga a moverte sin parar. No hay coberturas estáticas ni pasillitos seguros: si te quedas quieto, mueres. Las arenas de batalla, repartidas por niveles que alternan laboratorios marcianos y estancias infernales, se activan como un rompecabezas de supervivencia. Saltas, trepas, gestionas cada carga de escopeta, calculas al milímetro cuándo ejecutar un Glory Kill para exprimir un chorretón de salud que te permita encadenar la siguiente baja. Es un sistema en el que las mecánicas no son adornos: cada gesto tiene consecuencias tácticas.

Doom insiste en que el jugador sea agresivo. No hay auto-regeneración de salud al uso; la mejor cura es matar. Por eso las Glory Kills, esas ejecuciones rápidas que se disparan cuando un demonio titubea iluminado, no son un simple extra gore: se integran como válvula de gestión de recursos. Lo mismo con la motosierra, convertida en una llave del botín que transforma combustible en munición. Combate y economía están conectados de forma elegante; aprender a alternar el disparo certero, la ejecución oportuna y la dentellada de la motosierra es lo que separa a un Doom Slayer del resto de mortales.

El control responde con precisión quirúrgica. Los saltos tienen una cadencia clara, el estrafe invita al baile lateral, y la verticalidad añade capas a la lectura del espacio. Es muy fácil entrar en ese “flujo Doom” en el que dejas de pensar y simplemente actúas, encadenando acciones en un trance de violencia rítmica. La recompensa es inmediata: cada impacto tiene peso, cada explosión limpia la pantalla de una forma que sienta bien en los dedos.

Narrativa: mínima, funcional y con mala leche

La saga nunca se ha caracterizado por su trama, y aquí no cambia el panorama: la historia es simple y prácticamente un telón de fondo. La UAC ha cruzado límites, Marte está infestado y tu papel es cerrar el desagüe del Infierno con la manera más expeditiva posible. Hay textos, terminales, algún que otro registro y pizcas de contexto ambiental, pero el juego, deliberadamente, coloca la acción por encima de cualquier discurso.

Este enfoque puede decepcionar a quienes busquen un relato profundo, pero también forma parte del encanto: el traje, el puñetazo al monitor, la respuesta siempre agresiva del protagonista componen un humor negro que desconecta de todo lo accesorio y pone el foco en la misión. Doom abraza su sencillez argumental y la usa a su favor, aunque hay que decirlo sin rodeos: quien valore la narrativa por encima del tiroteo encontrará aquí un hueso demasiado parco.

Diseño de niveles y progresión: laberintos con secretos

Uno de los grandes aciertos es el trazado de niveles. No son corredores lineales; apuestan por rutas interconectadas con bucles, atajos y estancias secundarias que premian la curiosidad. Hay llaves de colores, puertas bloqueadas, elevadores que conducen a rutas alternativas y coleccionables que desbloquean mejoras o simples golosinas estéticas. Se siente un diseño que mira a los clásicos, pero con una señalética moderna que evita perderte sin convertirlo en un pasillo.

La exploración, además, tiene recompensa tangible. Localizar drones de campo, runas y puntos de mejora para el traje y las armas permite especializar tu estilo: acelerar recargas, añadir modos de disparo alternativos, potenciar granadas o respirar mejor en ambientes hostiles. No es un árbol de habilidades infinito, pero sí lo bastante significativo como para que un par de mejoras cambien tu manera de afrontar un combate. Y lo hace sin atascar el ritmo: todo fluye entre arenas de combate, segmentos de exploración y breves respiros que te dejan revisar equipo antes de la siguiente refriega.

Arsenal y demonios: un catálogo para hacer picadillo

La palabra “brutal” le sienta como un guante al arsenal. Desde la escopeta de bombeo inicial hasta la querida escopeta doble, pasando por el fusil de plasma, el lanzacohetes y, cómo no, la BFG 9000, cada arma tiene una razón de ser. La contundencia del disparo, el retroceso, el sonido que tronca el metal del pasillo… todo contribuye a que apretar el gatillo sea adictivo. Los mods de arma añaden sabor: un micro-misil aquí, una detonación cargada allá. El juego te anima a cambiar constantemente para responder a lo que haya delante, y cuando lo haces, el combate gana en variedad y profundidad.

Del otro lado, la plantilla demoníaca está bien escalonada. Impulsivos Imps, caballeros del Infierno que piden respeto, Mancubus que dominan la zona si les das un respiro, Cacodemons que exigen mirar arriba y Hell Knights que ponen a prueba tu temple. La lectura rápida del enemigo, su punto débil implícito y la prioridad en el caos del combate son la destreza que aprenderás a base de sudor. Es una jungla de piedra y fuego en la que la improvisación manda, pero en la que una buena puntería o un cambio de arma a tiempo convierten una emboscada en espectáculo gore.

Ritmo y estructura: arenas que marcan el compás

La campaña alterna enfrentamientos contenidos con arenas más grandes que actúan como picos de intensidad. Entrar en ellas suele implicar activar un nido infernal o cruzar un umbral que cierra salidas. Es una decisión de diseño honesta: se enciende la alarma, te enfrentas a varias oleadas y, cuando el último demonio cae, la música te libera. Este patrón se repite a lo largo del juego con pequeñas variaciones, y funciona porque la coreografía entre movilidad, recursos y lectura del entorno se mantiene fresca durante muchas horas.

Eso no quita que, para ciertos jugadores, el esquema pueda resultar repetitivo a la larga. La fórmula “arena–exploración–arena” es firme y el juego rara vez se sale del guion. Si buscas constantemente sorpresas estructurales o un cambio radical de ritmo, Doom no pretende dártelo. Su apuesta es otra: perfeccionar el bucle central hasta la excelencia y dejar que el músculo jugable lleve la experiencia.

Arte y sonido: estética industrial, metal y sangre

El apartado artístico no sólo impresiona; acompaña el tono. Los espacios de la UAC combinan acero limpio con maquinaria sobrecalentada, pantallas que parpadean y laboratorios profanados por runas. El salto al Infierno pinta un contraste rojizo, orgánico y casi mineral que refuerza la sensación de estar pisando un terreno hostil. No hay exceso de filigrana: la imagen es contundente, legible y agresiva, perfecta para priorizar la claridad del combate.

La banda sonora, con riffs que cabalgan sobre percusiones duras, es la gasolina de la experiencia. Acelera cuando el combate arranca, golpea en los momentos álgidos y deja respirar lo justo. Es metal que no pide perdón, un latido que marca el tempo del tiroteo y te empuja hacia adelante. Efectos como el rugido de la BFG, el crujido de la escopeta de dos cañones o el bramido de un Mancubus redondean la sensación de contundencia: cada sonido es una pista funcional en mitad del caos, además de un placer culpable para el oído.

Visualmente, las ejecuciones Glory Kill no son sólo espectáculo; están coreografiadas para que la cámara mantenga la claridad del campo de batalla. Son breves, limpias y, pese a su brutalidad, rara vez entorpecen la lectura de lo que pasa alrededor. Es un equilibrio delicado que el juego maneja con acierto.

Rendimiento y estabilidad: fluidez como parte del diseño

El juego se siente mejor cuanto más fluido va, y afortunadamente la implementación técnica está a la altura. En PC, con un equipo decente, la sensación de suavidad y respuesta es sobresaliente, y opciones como ajustar el campo de visión ayudan a afinar el confort. En consolas, el conjunto está bien resuelto, con una experiencia sólida que prioriza el ritmo por encima de alardes innecesarios. La adaptación a Nintendo Switch, aun con concesiones visuales evidentes frente a otras plataformas, mantiene la identidad del juego y su dinamismo intactos, algo clave para un título que no perdona el tartamudeo.

Los tiempos de carga son razonables, la estabilidad general es buena y los tirones son la excepción. Se nota un trabajo por priorizar la respuesta del control y la legibilidad de la acción por encima del brillo superficial. En un juego de reflejos tan afilados, que el motor aguante el envite es medio camino hecho.

Modos y multijugador: complemento irregular

Además de la campaña, Doom (2016) incorpora un multijugador competitivo y una herramienta de creación de mapas que amplían el contenido. El modo online recoge modos clásicos y arenas cerradas con power-ups, demonios jugables y armas rotando por el escenario. Es rápido y ruidoso, y aunque encaja con la herencia de la saga, no llega a ser el plato fuerte. Hay diversión, sí, pero también cierta irregularidad en el equilibrio y mapas que no alcanzan el refinamiento del diseño de la campaña. Para partidas despreocupadas cumple, aunque no es el motivo por el que recordarás el juego.

La faceta de creación de niveles ofrece posibilidades para la comunidad y sirve como curiosidad interesante. Es un añadido agradecido para quien quiera trastear y alargar la vida útil del título, pero, de nuevo, la campaña es el corazón; ahí es donde el conjunto brilla sin titubeos.

Dificultad y accesibilidad: del reto al castigo

La dificultad tiene carácter. Incluso en ajustes medios el juego pide atención, movilidad y una gestión de recursos eficiente. No es injusto, pero sí exigente. En los tramos más calientes, la pantalla puede convertirse en una coreografía endiablada de proyectiles, cargas y emboscadas verticales. Cuando entras en el ritmo, la sensación de dominio es deliciosa; cuando te quedas atrás, el castigo llega sin piedad. Para algunos, esto será un encanto; para otros, un muro.

El abanico de niveles de dificultad permite modular el reto, aunque la identidad del juego no cambia: moverte y matar siguen siendo la respuesta. No hay grandes ayudas contextuales ni sistemas de asistencia intrusivos. Es un diseño honesto que premia la práctica, pero también un aviso para navegantes: Doom no te lleva de la mano.

Contenido y valor: campaña contundente, fórmula repetitiva

La campaña ofrece una duración generosa sin estirarse artificialmente, con picos de intensidad memorables y suficientes secretos como para justificar una segunda vuelta. Rebuscar coleccionables, exprimir las runas o completar desafíos de arma aporta vida extra. Ahora bien, el bucle central —brillante, sí— es el que es, y si entras con facilidad en la fatiga por repetición, lo notarás en la recta final o en sesiones largas. No es un juego de degustar de una sentada; funciona mejor en raciones contundentes pero espaciadas, como un concierto de metal que aprecias más cuando las canciones no se entremezclan todas en tu cabeza.

En conjunto, la relación calidad-precio está bien defendida: la campaña por sí sola justifica la visita al infierno marciano, y los añadidos online y de creación suman valor, aunque no eleven el techo.

Innovación y legado: actualizar sin traicionarse

Doom (2016) no reescribe el manual, lo pule. La gran innovación no es una mecánica nueva de laboratorio, sino la manera en la que engrana todas las piezas clásicas en una máquina moderna. La agresividad como cura, las Glory Kills como recurso y la economía de la motosierra son ajustes inteligentes que refuerzan un estilo de juego identificable a la primera. El resultado es un FPS que no pide permiso ni pide perdón, y que demuestra que, a veces, la mejor revolución es recordar por qué algo funcionaba y empujarlo con decisión hacia delante.

Ese respeto por la herencia se traduce en un título que sienta cátedra para reboots de sagas veteranas: no hace falta domesticar la identidad para hacerla actual, basta con entenderla. Aquí, la lección entra como un disparo de escopeta.

Pros y contras integrados

  • Acción frenética y adrenalínica que te ata al mando. La velocidad y la agresividad son ley, y cuando todo fluye, el subidón es innegociable.
  • Armas brutales y satisfactorias, con una BFG 9000 que corona un arsenal hecho para destrozar demonios sin contemplaciones.
  • Diseño de niveles con sabor clásico, laberínticos y repletos de secretos que premian la curiosidad y la exploración.
  • Banda sonora metal que no afloja, perfectamente acompasada con el ritmo del combate.
  • Glory Kills bien integradas en la economía de recursos: ejecutas, recuperas y sigues la fiesta.
  • Historia simple hasta el hueso: funcional para el tono, pero insuficiente para quien pida un relato con peso.
  • Riesgo de repetición en sesiones largas: el patrón arena–exploración–arena, aun excelente, puede resultar monótono.
  • Dificultad elevada que no perdona distracciones, incluso en ajustes modestos.
  • Multijugador irregular: entretenido a ratos, pero lejos del refinamiento de la campaña.

Plataformas y versiones

La esencia es la misma en todas las plataformas principales: PC, PlayStation, Xbox y Switch. En equipos de sobremesa más potentes, la limpieza visual y la respuesta relucen de forma especial; en consolas, el conjunto mantiene el tipo con solvencia y prioriza lo que importa: el control y la fluidez. La versión para Switch, con recortes evidentes en lo técnico para adaptarse al hardware, conserva lo fundamental del ritmo y permite una experiencia portátil que, pese a concesiones, sigue siendo Doom en su corazón: moverse, apuntar y destrozar.

Para quién es

Si lo tuyo es la acción clara y sin florituras, con armas que suenan a trueno y niveles que te hacen conocer cada esquina a base de sudor, Doom (2016) es terreno sagrado. Si, en cambio, priorizas narrativas elaboradas, variaciones constantes de diseño o modos multijugador como eje central, aquí encontrarás menos de lo que buscas. Doom es, por encima de todo, fidelidad a un ideal: el del FPS que vive y muere por la contundencia de su jugabilidad.

Veredicto

Doom (2016) honra a su linaje con una campaña que golpea sin pausa, un arsenal que hace vibrar los dedos y una música que te empuja a cada paso. Mantiene el espíritu del clásico sin anclarse en el pasado, actualiza con cabeza sus sistemas y te lanza a una espiral de violencia controlada que, cuando encaja, roza lo sublime. También es honesto con sus límites: historia esquelética, tendencia a la repetición, curva de dificultad afilada y un multijugador que no marca época. Con todo, el balance es rotundamente positivo. En Noobs.es lo valoramos con un 85: una nota que celebra su acción frenética, su diseño de niveles con sabor y su brutalidad satisfactoria, sin cerrar los ojos a sus aristas.

Conclusión

Doom (2016) es acción sin concesiones: arsenal demoledor, niveles laberínticos repletos de secretos y una banda sonora metal que acelera el pulso. La historia es mínima, el multijugador irregular y la fórmula puede volverse repetitiva, además de exigir mano firme. Aun así, como shooter frenético y visceral, brilla con fuerza. Nuestro veredicto en Noobs.es: 85.
Última actualización: 3 de abril de 2025
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