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Análisis despelote

despelote
¿Te comprarías este juego?
La primera vez que me "sumergí" en Despelote, mi cerebro hizo un pequeño cortocircuito. La base, así sin rodeos, es que encarnas a un ente capaz de interactuar con su entorno y con otros entes, y a menudo, la cosa se desmadra de una manera... despelotada, valga la redundancia. Olvídate de épicas narrativas con giros de guion que te dejan boquiabierto o de un trasfondo profundo que te incite a devorar wikis. Aquí, el "mundo" es más bien un patio de juegos anárquico donde las leyes de la lógica y la cordura parecen haber cogido un vuelo chárter a un festival de sombreros locos. Ahora, sabiendo que el juego se ambienta en Quito, Ecuador en 2001 y te pone en la piel de un niño común, esta anarquía adquiere una nueva dimensión. No es un caos aleatorio, sino quizás la representación de la libertad y la falta de comprensión del mundo adulto a través de los ojos de un niño.

Visualmente, Despelote es... único en su especie. No busca la perfección realista ni una estética que te haga suspirar de belleza. Más bien, se inclina por un estilo que algunos podrían calificar de "minimalista", otros de "abstracto" y yo, siendo sincero, diría que es como si un niño con una caja de crayones y una resaca existencial hubiera decidido diseñar un videojuego. Los escenarios son, en su mayoría, espacios cotidianos que han pasado por la batidora de un sueño febril. Casas, parques, calles... todo impregnado de una atmósfera onírica y, a menudo, ligeramente inquietante. Los "personajes", por su parte, son una fauna extraña que va desde figuras humanoides con proporciones imposibles hasta abstracciones que desafían cualquier intento de clasificación. Esta estética, ahora entendiendo que busca evocar un recuerdo, una sensación de la infancia en un lugar específico, cobra un nuevo significado. Quizás esa "rareza" visual es la forma en que la memoria infantil distorsiona y simplifica la realidad.

Ahora bien, dentro de este caos aparente, percibí una intencionalidad. No creo que los creadores simplemente lanzaran polígonos al azar. Hay una especie de coherencia interna, una lógica retorcida que se revela cuanto más "exploras" y "experimentas". Es como si Despelote te dijera: "Olvida lo que crees que es un videojuego y entra en un lugar donde la única norma es que no hay normas claras". La nueva información refuerza esta idea. La intencionalidad reside en evocar una época y un lugar a través de la experiencia de un niño, donde las normas del mundo adulto son difusas y la propia imaginación crea la "lógica" del juego.

Jugabilidad: La Negación del Control


Si lo que buscas son mecánicas pulidas, controles que responden al milímetro y un sistema de progreso que te haga sentir realizado, Despelote te va a hacer cuestionar si has abierto la aplicación correcta. La "jugabilidad", si es que ese término aplica aquí, se centra en interactuar con el entorno y con los demás "seres" que lo habitan. Puedes moverte, a veces saltar con una física que desafía las leyes de Newton, a veces "activar" objetos... y eso es todo. No hay batallas épicas contra jefes finales, ni acertijos que te hagan sentir como Sherlock Holmes, ni misiones secundarias que te den la sensación de estar marcando una diferencia en el "mundo".

El quid de la cuestión (o la fuente de frustración, según tu perspectiva) reside en descubrir cómo reacciona este universo a tus acciones y cómo interactúan sus habitantes entre sí. A veces, una simple acción aparentemente trivial puede desencadenar una secuencia de eventos completamente ilógica. Un "personaje" puede empezar a flotar sin motivo aparente, los objetos pueden metamorfosearse ante tus ojos, o la banda sonora puede transformarse en una cacofonía de sonidos extraños.

En mi "partida", sentí que esta ausencia de mecánicas tradicionales era, paradójicamente, liberadora en ciertos momentos. Era como si Despelote me ofreciera un patio de recreo digital donde podía hacer el ganso sin consecuencias. Y en esa libertad, encontré instantes de humor surrealista, de sorpresa genuina y hasta una extraña belleza en lo abstracto.

Sin embargo, también experimenté la otra cara de la moneda. La falta de objetivos definidos, de desafíos claros y de una sensación de avance tangible hizo que la experiencia se sintiera vacía por momentos. Era como estar en una fiesta donde nadie te habla, la música es ruido y no hay nada que beber.

La información sobre el niño pateando una pelota, hablando con compañeros e ignorando a su madre resuena directamente con esta "negación del control" tradicional. La jugabilidad se centra en la experiencia infantil: la exploración sin un objetivo claro más allá de la propia curiosidad y la interacción simple con el entorno. La ausencia de un "checklist" o "high score" se alinea con esta filosofía de simplemente "existir" en el mundo del juego.

La "Narrativa" del Absurdo


Si la jugabilidad es como arena entre los dedos, la "narrativa" de Despelote es aún más escurridiza. No hay una historia con un principio, un nudo y un desenlace al uso, ni personajes con motivaciones claras y arcos de desarrollo definidos. En su lugar, el juego te presenta una serie de situaciones inconexas, de encuentros bizarros y de momentos que, en su conjunto, podrían interpretarse como una especie de... ¿meditación sobre la incomunicación, la fragilidad de la realidad o la naturaleza intrínsecamente absurda de la existencia? O quizás, simplemente, no significan absolutamente nada.

En mi "exploración" de Despelote, me encontré intentando encontrar patrones, buscando conexiones ocultas o incluso elaborando teorías sobre el "verdadero" significado detrás de cada interacción extraña. Analicé cada diálogo ininteligible, cada cambio repentino en el entorno, cada comportamiento anómalo de los "personajes" en busca de una clave que me permitiera descifrar el "mensaje" del juego. Y quizás, en ese acto de buscar, cada jugador construye su propia interpretación, su propia "narrativa" personal.

También hubo momentos en los que simplemente me rendí a la falta de una estructura narrativa convencional y me dejé llevar por la corriente de lo inesperado. Disfruté del humor involuntario de las situaciones grotescas, de la rareza de los "habitantes" de este mundo y de la sensación de estar experimentando algo genuinamente fuera de lo común.

Mi propia "partida" se sintió como leer un libro de sueños ajenos. Algunas imágenes me hicieron sonreír por su pura incongruencia, otras me dejaron perplejo y otras simplemente me hicieron seguir adelante sin entender muy bien qué acababa de "ver".
La idea de que los adultos hablan de cosas más allá de la comprensión del niño, flotando como nubes, explica esa falta de narrativa lineal y diálogos inteligibles. La "narrativa del absurdo" se convierte en la perspectiva fragmentada y a menudo incomprensible del mundo adulto desde la inocencia infantil.

Aspectos Técnicos: La Estética de lo Inesperado


Técnicamente hablando, Despelote... existe. Funciona (más o menos), se puede "jugar" (si es que a lo que haces se le puede llamar jugar) y emite sonidos (a veces inquietantes, a veces aleatorios, a veces inexistentes). Olvídate de gráficos fotorrealistas que te hagan dudar si estás viendo un videojuego o la ventana de tu salón, de animaciones fluidas que parezcan capturadas de bailarines profesionales o de una banda sonora épica que te ponga la piel de gallina. El "encanto" (o la ausencia del mismo) reside precisamente en su estética "cruda" y en su aparente desinterés por las convenciones técnicas.

Percibí esta falta de pulido como una elección artística deliberada, una forma de enfatizar la sensación de extrañeza y de distanciamiento de la realidad. Es como si el juego dijera: "No me voy a molestar en ser bonito o perfecto. Estoy aquí para mostrarte algo... diferente".

También experimenté momentos en los que esta falta de refinamiento se sintió más como una limitación o una falta de recursos. Los gráficos simplones, las animaciones toscas y los ocasionales errores técnicos no ayudaron precisamente a la inmersión.

En cuanto al sonido, la música (cuando la hay) y los efectos sonoros contribuyen a la atmósfera general del juego, que a menudo es de inquietud o de absurdo. A veces escuchas melodías que parecen sacadas de una caja de música rota, otras veces ruidos aleatorios que no parecen tener ninguna relación con lo que está pasando en pantalla.

La mención de la brillante decisión de Julian Cordero de grabar a su propia familia, amigos y comunidad para las voces le da un nuevo peso a esa autenticidad que percibiste. Esa "falta de refinamiento" técnico podría ser intencional, buscando una estética más cercana a la realidad vivida y recordada, en lugar de una perfección artificial. El diseño de audio fenomenal, con los sonidos ambientales y los detalles como el roce de una botella de plástico, ahora se entiende como una pieza clave para evocar ese tiempo y lugar específico, y los sentimientos asociados.

Conclusión

Si tuviera que dar mi veredicto personal sobre Despelote tras mi "experiencia", diría que es un juego... inclasificable. Despelote no es solo un juego absurdo, sino una evocación de la infancia en un contexto específico, donde la "jugabilidad" y la "narrativa" se filtran a través de la lente de un niño. La mención de la nostalgia por una infancia no vivida que aún se siente propia subraya el poder evocador del juego, conectando con emociones universales de inocencia y crecimiento en un lugar donde la alegría y la dificultad coexisten.
Última actualización: 15 May 2025
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